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jueves 7 de enero de 2010

Jeff Buckley. Eduardo Alvarado + Me Gusta. Choche




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la muerte.

miércoles 6 de enero de 2010

Vivirá Sabina. Aitor Cuervo Taboada


Mientras quede aire para toser,
y haya princesas en cada esquina,
mientras que no le cierren los cabarets
y no le prohiban la nicotina.
 

Mientras esté lleno su cubata
y crezca yerbita en los balcones,
mientras que se fije alguna gata
en el bulto de sus pantalones.

 
Mientras que nunca falte una copa
mientras haya algún bar abierto
y en el baño le espere la tropa ,

a que acabe de dar el concierto
mientras que ella se quite la ropa,
vivirá Sabina, medio muerto.



http://aitorcuervotaboada.blogspot.com/

Eres Ritmo. Onironauta


un, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho,
pausa,
un, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho,

eres ritmo, tres,
cinco, seis, siete, ocho,
pausa
cinco, seis, siete, ocho,
pausa

para ti, cinco,
la música es, seis
siete, ocho,
es superior,
pausa.

nueve, desprecias,
nueve, diez, once, doce,
la literatura, un,
dos, tres, cuatro.

un, dos, tres, cuatro
cinco, seis, siete, ocho.
Pausa.


0nironauta
www.tierraonirica.blogspot.com

martes 5 de enero de 2010

De Kunta Kinte a Barack Obama. #2 Patricia Godes



6. Alan Lomax, Negro Prison & Blues Songs Black Woman



7. James Baker and gang – Black Betty



8. Born For Hard Luck



9. Paul Robenson at St Paul's Cathedral in London



10. Joshua Fit the Battle of Jericho – Mahalia Jackson



11. Tennessee Ernie Ford and Odetta – What a Friend We Have



12. Delta Rhythm Boys Sing “Dry Bones”



13. Maple Leaf Rag Played by Scott Joplin




14. The Delta Rhythm Boys – St. Louis Blues




15. Jelly Roll Morton – Wolverine Blues

lunes 4 de enero de 2010

Mi Acordeón. Castorín (Daniel García) + Acordeonista. Ángel Rodríguez (Voltios)

Recuerdo cuando comencé a tocar el acordeón,

debía tener cinco años y unos dedos pequeños y ágiles,

que me hacían pasar de tecla en tecla

con una rapidez asombrosa.

Recuerdo la primera partitura

que conseguí tocar,

y esa secuencia de teclas y bajos

al unisono fundiéndose en una perfecta armonía.

Actualmente toco por placer,

por el placer de oír lo que dicta

el corazón a mis dedos y volver a recrear

aquellos instantes con lágrimas en los ojos.

No hay día que no me pare

y de una propina a los músicos callejeros.

Sólo ellos y yo sabemos lo que sentimos

y llevamos dentro



domingo 3 de enero de 2010

Dos poemas de Alberto Vidal







La vi.


La lamí.

Lalalá.


© Alberto Vidal
Confresones de un sátiro desconsolado (1983)




2.

A la nana, nanita,
nana del niño,
se la canta su madre
para dormirlo.

A la nana, nanita,
nana del niño,
si no canta la madre,
la canta el mirlo.

© Alberto Vidal
Viento K.O. ­¡bien tocao! ­ (2008)







ALBERTO VIDAL
(Logroño, 1956) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza. Ha trabajado como profesor de la Escuela de Teatro de Logroño y ha sido tutor en la UNED de Logroño. Formado artísticamente en el seno de Adefesio Teatro Estable,ha publicado los libros de poesía Confresones de un sátiro desconsolado (1983), Tantos cantos y unos cuantos cuentos (2004), Alegrías riojanas (2005), Alegrías riojanas II (2006) y Viento K.O. ­¡bien tocao! ­ (2008).

sábado 2 de enero de 2010

¡SEMPRE, SUAVES! Domingo López

No me lo creo, no me lo puedo creer, le dije, en aquel bareto de Cádiz, muy de madrugada, gozosamente borracho. Nos habíamos conocido aquella misma noche y de hablar de Castelao pasamos a Moncho Reboiras (de verdad conoces a Moncho?, me preguntó asombrada) y de éste al gran Yosi y su banda. Qué poco podía imaginar entonces que algunos meses después estaríamos en su buga destartalado, un pequeño utilitario, escopeteados por la A-52, recorriendo toda Galicia y cantando “Dolores se llamaba Lola”.... Recuerdo que en nuestro paso por Ourense hacía un frio de mil demonios pero yo andaba pertrechado previsoramente con una petaca milagrosa de orujo de hierbas y que la iba bucheando por las calles, por la zona dos vinhos, hasta que ella, cual cicerone, dijo aquí, mira incrédulo ¿te acuerdas? y señaló hacia arriba y miré y efectivamente, en Ourense hay una plaza dedicada a Los Suaves y no sólo eso, sino que allí mismo estaba el far, el garito del Charly, el bajista del grupo, hacia donde nos fuimos corriendo bajo el consabido orvallo, riéndonos, a por tragos, a por besos… Qué poco podía imaginar entonces, también, que algún día, en una noche sin sueño del mismo mes de diciembre, me daría por mirar complacido las fotos de aquella escapada, en una noche en la que ella duerme a unos metros de esta habitación donde escribo y hay un pequeñito que también duerme y yo sonrío, escuchando, a muy bajo volumen “Malas noticias”, pensando que de aquellos días dichosos se cumplen ahora justamente ocho años...


Domingo López, (1967, Sanlucar de Barrameda, Cádiz)


Como narrador es autor de obras como“La soledad y nosotros” (Premio Nacional de Narrativa Julio Cortázar 2002, Colección Relatos, Universidad de la Laguna, Tenerife 2002), “La lluvia y las rayuelas y otros cuentos” (Colección Monosabio de Narrativa, Concejalía de Cultura, Ayto. de Málaga, 2002) o “Rompiendo el protocolo”, (1er Premio Certamen Relatos Ateneo 1º de Mayo, Madrid, 2007), participando en antologías de prosa como “Tripulantes” (Editorial Eclipsados, 2006) y “Cuento vivo de Andalucía” (Universidad de Guadalajara, México, 2007). Asimismo tiene varios poemarios publicados, destacando títulos como “Blues” (1er Premio del XXII Certamen de Poesía Ángel Martínez Baigorri Ed. Ayto de Lodosa, Pamplona, 2006) o “Suburbia” (1er Premio del Certamen Internacional de Poesia Ciudad de Morón 2006 - Editorial Point de Lunettes, Sevilla, 2007) y ha sido incluido en varias antologías, entre ellas “Voces del Extremo – Poesía y Utopía” (Fundación Juan Ramón Jiménez, Moguer, Huelva, 2004) y “Poética 2005” (Área de Cultura, Ayto de Zaragoza, 2005)

viernes 1 de enero de 2010

Amelia. Velpister


No estábamos enamorados, pero todos queríamos bailar con ella. Recuerdo aquellos primeros guateques: tan candorosos. No humo de tabaco, no hachís, no alcohol. Música pop (algo de rock suave) y sonrisas pícaras y tímidas. Todo era limpio y sano, nunca se acababa con vómitos en las esquinas, no había peleas de borrachos, sin ataques de tos por los porros, a nadie le picaba la nariz ni tenía la boca anestesiada. Teníamos que estar de vuelta en casa a las nueve.

Por aquel entonces lo máximo a lo que nos atrevíamos era a bailar con alguna de las virginales chicas de nuestra pandilla, pero nadie bailaba lento, sólo música movida. Algunos nos quedábamos de pie o sentados en una esquina, hablando a gritos, mirando a las chicas, especialmente a Amelia. Hablábamos de lo que se podía hablar a aquella edad, de alguna película de vaqueros o de Bruce Lee, de Starkey y Hutch y de Amelia. No la nombrábamos directamente, tampoco los sentimientos que nos provocaba. Era guapa, no muy alta, atrevida y muy generosa, recuerdo también que no era especialmente simpática, pero eso sí, era la razón más importante para que estuviéramos todos allí, nadie lo decía abiertamente pero, en el fondo, cada uno de nosotros tenía una razón primordial: bailar con ella. Incluso el resto de las chicas estaban al corriente de nuestras motivaciones. Existía por su parte una mezcla de conformidad y desprecio, aunque ninguna lo expresaba abiertamente.

Como si se tratase de una norma, se ponían cinco o seis canciones lentas en total a lo largo de la jornada y Amelia, que no hacía diferencias ni tenía favoritos, iba sacando cada vez a uno de nosotros a bailar. En cuanto a mí, que siempre fui una sombra silenciosa, no sabía muy bien de qué iba aquello. Nunca había bailado con Amelia ni con ninguna otra chica. Supongo que esperaba que tarde o temprano me tocara, o no, la verdad es que no lo recuerdo. Entonces, de la esquina oscura en la que me encontraba donde creo recordar que charlaba con Sebas, la mano firme y decidida de Amelia me agarró y sin mediar palabra me llevó al centro de la pista, donde se abrazó a mí. En ese momento comprendí todo, el por qué estábamos allí, el por qué estaba yo, el por qué estaba vivo, el por qué iba creciendo y la razón de ser de mi diminuto pito, que en ese momento empezó a convertirse en lo que es hoy (nada especial, no es eso). La música lenta y melódica nos envolvía, estábamos solos entre la multitud de ojos burlones que nos miraban. Amelia era una chica que había desarrollado prematuramente, y sus pechos no eran de niña. Se apretaba contra mí, en ese sentido era excepcionalmente generosa porque se preocupaba de que no hubiese ni un milímetro de separación entre los dos. Yo sentía con toda claridad sus dos tetas, podía sentir su redondez y los pezones, su respiración, su olor mezcla de agua de colonia infantil y sudor, la suave piel de su cara contra la mía.

Cuando acabamos, uno de la pandilla se reía nerviosamente mientras me daba palmaditas en la espalda. Yo no le seguí el juego e hice como que no entendía qué quería decir.

Cuando voy conduciendo con el coche y suena una canción hortera, una de aquellas que se ponían en los guateques, me acuerdo de Amelia y de sus tetas. Siempre le estaré agradecido. Ninguno estaba enamorado de ella, pero todos queríamos abrazarla.

jueves 31 de diciembre de 2009

El Joven Organista. Beatriz Fernández Jiménez


Desde pequeño le había gustado aquel enorme y viejo trasto. Siempre había observado cómo su padre lo mimaba para que día tras día siguiera sonando como el primero. En ese momento se dirigía hacia la parroquia para ensayar. El párroco le había propuesto que tocara al día siguiente. Pues, aunque aun era muy joven estaba convencido de que era perfecto para ese puesto. Su padre estaba orgulloso de su talento. Aunque él no estaba muy convencido… Temía que al día siguiente su gran órgano chirriara haciendo de él un fraude y la comidilla de todo el pueblo.

Comenzó a tocar su música, aquel día se sentía inspirado. Sus dedos se deslizaban por las teclas como si hubieran sido creados exclusivamente para ese propósito. La luz que provenía de las cristaleras iluminaba los gigantescos tubos del órgano haciendo que pareciera glorioso. Aquellos haces blancos comenzaban a cegarle, pero él seguía tocando. Se sentía realizado. Sentía cada nota como si tuviese presencia propia. Tenía presencia de mujer. Transparente, brillante, cegadora… pero tan hermosa. Sus ojos no podían dejar de mirarla y todo su cuerpo se había paralizado al instante. Bueno, no todo su cuerpo. Sus manos aún seguían tocando, poseídas por aquella visión. Sus labios se acercaron y susurraron en su oído:
- Dime… ¿qué es lo que tanto temes?
Un escalofrío recorrió su espalda. Aquella voz… le abstrajo totalmente. Se encontraba perdido, en sus ojos grises, en su blanca mirada.
- No temas, mañana estaré contigo…
- Espera… ¿Quién eres?
Dejó de tocar y ella se fue.

Al día siguiente aun estaba confuso y no se sentía seguro de poder sentarse en aquel taburete otra vez. Pero ella prometió que estaría. No podía abandonarla… Lo haría. No se iba a echar atrás.
Se oían susurros. La gente lo esperaba con ojos ansiosos, deseando poder observar un tremendo ridículo. Llegó el momento, inspiró… y comenzó a tocar. Al principio todo parecía normal pero su música volvió a sonar de una forma magistral. La gente estaba boquiabierta. Le miraban incrédulos y a la vez maravillados con lo que oían.

Él ya podía sentir su presencia… se encontraba sentada a su lado. Había regresado. Nadie más podía verla. Se volvió para mirarla. Su recuerdo no se acercaba lo más mínimo a la realidad. A cada momento le parecía más perfecta, más imposible, más inalcanzable… La tristeza le empapó al darse cuenta de esto último.
- Quédate… no te vayas…
- No puedo.
- Entonces llévame contigo…

Ella le sonrió. La música cesó de pronto, pero esta vez no fue ella la única que desapareció. Sobre el órgano ya sólo reposaba un cuerpo sin vida.

miércoles 30 de diciembre de 2009

SOLILOQUIO Y LOS TROGLODITAS. Gsús Bonilla


Me atrevo conmigo y me digo, que todos tuvimos alguna vez una banda sonora, original o vulgar; una canción mítica, sencilla o de acordes complejos; o simplemente un acertado tarareo que nos ha ayudado a parir unos versos. Cuando no, el parto fue completo y el llanto del poema se mezclaba con el ritmo de tal o cual canción.

Por si lo desconocía, las bandas sonoras no sólo acompañan a las películas.

Hubo poetas que llevaron de la mano una melodía, y poemas que, al compás de los dedos de esas mismas manos bailaron en el salón de la conciencia, y con pasos que llegaron hasta el alma; luego, el baile se hizo palabra y verso, y desde entonces nadie tuvo claro si ambos eran uno; si era música o poema, si era nervio o desazón.

No intento irme a un tiempo de verbo pasado, si no asentir, con el gesto necesario, y recordarme que así fue.

Hablo solo, con mi silencio, y quiero hacerle saber, que necesito también un conjunto de sonidos, a veces armoniosos, otras estridentes, para hacer la fuerza necesaria sobre el papel o la tecla que precise.

Trato de trazar una línea siguiendo las cuadrículas de mi cuadernillo, y voy consiguiendo que el eje se combe; la punta del lápiz avanza al ritmo de las notas que escupe un viejo radiocasette de coche que descansa en la mesita de noche de mi habitación, posado en un azulejo blanco mate de veinte por veinte, acoplado a una caja vacía de puros farias, y creo, o al menos, eso dijo el Lolo, que debidamente conectado.

Una extraña emisora intenta convencerme del fantástico sonido de la canción, pero los altavoces niegan la mayor, contradicen al locutor de al otro lado, y evidencian las palabras del Lolo: “ésto vaser la polla, tío”. Lasrecuerdo perfectamente, mientras lanzaba su puño con fuerza de victoria contra mi pecho descuidado.

Si he de ser justo con su aseveración, los coros y algún que otro punteo suenan como el mejor de los directos.

Al final todo lo reduzco. Intento comprenderme. Me preguntó si el silencio es tan necesario para escribir. Siempre me dio miedo no hacer ruido para contar

Reconducirme.

Pensar en voz alta. Dejar salir los pensamientos, aunque no se entienda la dulzura del acompañante o el enajenado ruido, de lo que acabará siendo un poema, o una canción. Mi poema. El verso y su música, si la tuviese.

A mí, para ser feliz -al contrario que de lo que dice la voz que escupe el trasto que tengo por radio- no me hace falta un camión. Quizá un autobús cargado hasta los topes de músicos y poetas, y el dinero suficiente para la farra que se tercie. El destino es lo de menos. Pero sólo quizá.


Bio.Gsús Bonilla, ve la luz en Marzo de 2006 en el Bukowski Club de Malasaña, Madrid; en 2007 se autopublica una retahíla de poemas a punto de caducar y lo llama “El Forro”, en 2008 es antologado por Ed.Escalera en “Bukowski Club, jam session de poesía 06-08”; en 2009 funda la revista dedicada al cuento y el relato “Al otro lado del espejo” y que edita la A.C. LA VIDA RIMA. Desde 2006 hasta la fecha, ha participado en infinidad de colaboraciones digitales e impresas, recitales poéticos y proyectos enfocados al arte visual, ilustración y poesía. En la actualidad trabaja en su próximo poemario “ovejas esquiladas, que temblaban de frío”, y estará incluido en diferentes antologías de poesía y relato, que verán la luz a lo largo de 2010.

Administra la bitácora http://gsusbonilla.blogspot.com/

Tranchete 2.0. Mr. Tas



Cualquier motivación que la humanidad haya tenido a lo largo de la historia para crear y sentir música, es algo pasado. En el siglo XXI, en el siglo que decimos 'derechos de autor' cuando en realidad hablamos de 'derechos del distribuidor'... esta fotografía es una definición del concepto 'música'.

martes 29 de diciembre de 2009

EL GENIO ALUDIDO. Begoña Leonardo.



Comulgué con la locura
salí corriendo sin dirección
perdí el sentido,
lo que sonaba.
Reclamé a los dioses
para conseguir lo perdido
estuve sorda
estuve muda
mancillada
rebajada
descontada,
escuché sonidos que ahogaban
que no cantaban
que no calmaban,
sonidos asesinos
roncos
gastados
podridos...
Me apagué
y me abrazó la soledad infinita.


De repente,
¡el genio aludido!
lo eterno, que ya fluye
que en el aire
que en las voces
que en los dedos...


La música vence, allana, perdona.
Resucita



De Kunta Kinte a Barack Obama. #1 Patricia Godes

Ilustración by Manolo Campoamor



De Kunta Kinte a Barak Obama empezó online como serie dedicada a estudiar la evolución histórica de la música y el showbiz afro-americanos. Desde los cantos de los esclavos hasta el free jazz y el hip hop pasando por personalidades del calibre de Louis Armstrong, Josephine Baker o el mismo Michael Jackson, la influencia de la música negra ha sido decisiva para el arte y la cultura occidentales. Un recopilación realizada por Patricia Godes, especialista en música, cultura y literatura afro-americanas.

Ahora puedes seguirla aquí, cada martes en La Fanzine.



1.The Dogon Dance of the Mask




2.Burundi Drummers



3.Old African Slave Song



4.Singing Fisherman of Ghana



5.Work Songs in Texas Prison